¡MACHETE A LA HIERBA, ATOLE CON EL DEDO! EL SHOW TROPICAL DE JUAN CARLOS HERNÁNDEZ RATH EN ESCÁRCEGA | Por Anthony Sansores
Video: La Neta de Campeche
En un despliegue magistral de demagogia rural y producción audiovisual digna de telenovela de sobremesa, el alcalde de Escárcega, Juan Carlos Hernández Rath, decidió cambiar la aburrida rutina de gobernar por un papel protagónico con machete en mano, podando plantas de ornato en plena avenida principal mientras su inseparable corte de comunicación social documenta la épica hazaña.
Con la rodilla bien flexionada, la postura estudiada para la cámara y una sonrisa ensayada que busca desesperadamente arrancar aplausos virtuales, el munícipe intenta venderle a los escarceguenses la ilusión de un gobierno cercano y “transformador”. Sin embargo, la dura realidad municipal se encarga de recordarle que unos cuantos “machetazos” a la maleza ornamental no sirven ni para tapar los baches, ni para calmar la profunda decepción ciudadana ante una década de trayectoria política más recordada por los escándalos personales que por la eficacia administrativa.
Pretender cambiar la imagen pública de un líder señalado históricamente por su perfil irresponsable y su inclinación por los escándalos de faldas con simples actos circenses callejeros raya en la ingenuidad política. Las plantas de ornato que hoy caen bajo el frío acero del machete presidencial no son más que utilería barata en una obra de teatro cuyo único espectador convencido parece ser el propio equipo de propaganda oficial.
Mientras el alcalde presume fuerza física y destreza agrícola ante la mirada atónita de los motociclistas locales, los habitantes del municipio se preguntan si esa misma energía se aplicara alguna vez para resolver los problemas reales que estrangulan la economía y la tranquilidad de la región.
La dolorosa radiografía del abandono municipal deja en evidencia que, mientras el alcalde balea maleza y posa para el video institucional, los servicios públicos básicos en las colonias periféricas de Escárcega brillan por su ausencia, entre fugas de drenaje, calles lunares y alumbrado fantasma.
Lo verdaderamente grave no es que el edil municipal juegue al jardinero en horario de oficina, sino el contraste grotesco entre su puesta en escena y la turbulenta realidad geopolítica de Escárcega. Situada estratégicamente como un nudo vial neurálgico donde convergen los estados de Campeche, Quintana Roo y Tabasco, la región se ha consolidado históricamente como una zona de alto riesgo.
Lejos de ser un oasis de paz, el municipio opera como una autopista sin ley para el trasiego de madera preciosa, el tráfico de enervantes y el paso clandestino de migrantes. La porosidad de las fronteras estatales convierte a la demarcación en tierra de nadie, un secreto a voces que ninguna poda fotográfica de camellones podrá maquillar jamás.
En este mapa de focos rojos regionales convergen el libre paso de maleantes sin filtros de seguridad eficaces, la ruta frecuente para el contrabando de maderas preciosas y sustancias prohibidas, y un rosario de obras de pavimentación y drenaje con reportes constantes de pésima calidad y sobrecostos.
Pretender tapar el sol con un dedo —o la inseguridad con un arbusto triturado— resulta insultante cuando se recuerda que el municipio ha funcionado como refugio de “peces pesados”, tal como quedó evidenciado en su momento con operativos de alto impacto y la captura de sujetos requeridos por agencias internacionales como la DEA y la justicia de los Estados Unidos. Frente a redes delictivas transnacionales, el machete del alcalde parece más un juguete de feria que una herramienta de autoridad.
En su anhelada ruta hacia la reelección, Juan Carlos Hernández Rath parece apostar por la amnesia colectiva de un pueblo cansado de promesas huecas. Pero en Escárcega, los ciudadanos ya no se tragan el cuento de que un par de golpes al ornato urbano equivalen a progreso. Entre calles destrozadas, sombra de cárteles internacionales y servicios públicos colapsados, al alcalde le va a hacer falta mucho más que un buen camarógrafo y un machete afilado para limpiar su historial político.

