Locales

¿EL SOBRINO VA? MORENA Y EL DÉJÀ VU DEL PODER EN CAMPECHE.

Por: Pablo Estrella

Todo parece indicar que en Campeche ya se mueve el tablero rumbo al 2027 y que el nombre que más suena no es nuevo, sino familiar: Gerardo Sánchez Sansores, “el sobrino”. Los recorridos por todo el estado -con deportistas, pescadores, campesinos, empresarios y ciudadanos- no parecen casualidad. Campos, comunidades, ciudades y rancherías se han convertido en escenario de una presencia constante que, para muchos, huele más a precampaña que a simple activismo.

En los pasillos políticos se comenta que la bendición ya estaría dada. Que la gobernadora, la tía, habría “palomeado” el proyecto para que en 2026 arranque una campaña de alto calibre. Los rumores hablan de recursos abundantes y de una estructura que se mueve con discreción, pero con eficacia. ¿Coincidencia? Difícil creerlo cuando el timing es perfecto y el mensaje, reiterado.

Lo que sorprende es el golpe interno. En la Secretaría de Gobierno y en equipos morenistas no pocos se quedaron boquiabiertos: durante más de un año se asumió que Liz Hernández era la carta fuerte del sansorismo. Hoy, ese guion parece reescribirse a toda prisa. El resultado previsible: fractura, guerra interna y desbandada. Cuando el poder cambia de mano —o de apellido—, los leales suelen reacomodarse.
La decisión final, se dice, vendrá desde la Presidencia. Pero el mensaje local ya está enviado. Y aquí aparece la ironía mayor: lo que Layda Sansores criticó con fuerza en 2021 —el “sobrino” del adversario— hoy parece replicarse sin rubor. La política tiene memoria corta, pero la ciudadanía no siempre olvida tan rápido.

¿Es esto pragmatismo político o simple repetición de viejas prácticas con nuevo color? ¿Cambio verdadero o continuidad familiar? En Campeche, la pregunta no es si el sobrino recorre el estado; la pregunta es qué tan lejos llegará esta apuesta y qué costo interno tendrá para Morena.

Al final, más que apellidos, lo que debería importar es el proyecto. Pero cuando el apellido pesa más que el debate, el riesgo es claro: que el poder se herede y la congruencia se extravíe. Y eso, en cualquier democracia, siempre pasa factura.

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