EXPEDIENTE | LAYDA, OBSESIONADA CON IMPONER A SU SUCESOR (A)
Mientras que por un lado, la gobernadora Layda Sansores quiere distraer la atención pública con declaraciones estridentes como la participación del narcotráfico en las campañas electorales de Morena, por el otro, de manera silenciosa, pero con un gran derroche de recursos públicos, sigue impulsando a sus “cartas” para sucederla.
Ya hemos hablado aquí del compromiso que asumió la mandataria campechana con dos “referentes” morenistas: su secretaria de Gobierno, Liz Hernández Romero —su preferida, su delfina— y el alcalde carmelita Pablo Gutiérrez Lazarus. Dependerá de la definición del género que se quedará con la candidatura en Campeche para saber cual va.
No es que Layda Sansores sea demócrata y que respete la paridad de género. No. Lo que sucede es que ya pactó con ambos aspirantes para que le garanticen impunidad absoluta para cuando concluya su Administración, y Pablo o Liz asuman la gubernatura.
No es pacto de democracia, sino un acuerdo de impunidad. La actual mandataria sabe que no ha hecho las cosas bien y que muchos de sus colaboradores —ella misma desde luego— han incurrido en numerosos abusos, y las huellas de sus delitos puede verlas hasta el ciego de la esquina.
Tampoco es un arreglo que haya buscado la gobernadora. No. Ella necesitaba asegurar la permanencia de Pablo Gutiérrez al interior de Morena, pues el propio edil carmelo se encargó de difundir la versión de que estará en la boleta electoral, sea por Morena o por algún otro partido, y algunos ‘cazadores de talentos’ del PRI y del Moci de inmediato activaron sus estrategias de convicción para hacerle saber que tiene las puertas abiertas, siempre y cuando se comprometa a ir con todo contra la gobernadora.
Pero traidora, doble cara y chaquetera como ha sido toda su vida, mientras que por un lado le tendía la mano amistosa a Pablito para evitar otra división interna en Morena, por el otro le soltaba toda la llave presupuestal a Liz Hernández para que se promoviera masivamente en la entidad sin reparar en gastos.
Bardas, anuncios en plataformas digitales y redes sociales, cientos de bardas pintadas, miles de trípticos en los buzones de las casas y líderes de oposición cooptados con dinero público para sumarse a la campaña de la candidata oficial, se pusieron en marcha de manera descarada, mientras que a Pablo lo fueron dejando solo, ya que del otro lado, se repartía más dinero.
Por eso le inventaron el cargo de “coordinador estatal de los alcaldes de la cuarta transformación en Campeche”, un membrete inexistente en la estructura orgánica de Morena o de la asociación de presidentes municipales. Para colmo, la designación/imposición o burla, provino de la propia Sansores, lo que dio al traste con la teoría de la autonomía municipal y nos mostró a una gobernadora desesperada por asumir el control de su proceso sucesorio, imponiendo a sus dos “cartas fuertes” pero desplazando y cerrando la puerta a otros morenistas que quisieran o pudieran aspirar.
Fue a ellos —a los aspirantes alternos— a quienes directamente les dijo que no basta con ser popular para aspirar a cargos políticos, sino que se requiere de “padrinos” fuertes o “ser casi un narco”. Lo que quiso decir es que ella solo va amadrinar a Pablo y a Liz, y que aunque los demás brinquen y pataleen, no llegarán a ningún lado, aunque sean populares.
Lo cierto es que ni en esto es original la señora Sansores. Todos los gobernadores han querido imponer a su sucesor, y las razones también son las mismas.
Si nos referimos a las últimas tres décadas, tenemos que Abelardo Carrillo Zavala quiso imponer a Eraclio Soberanis o a Jorge Luis González Curi pero desde el Comité Nacional del PRI le mandaron a Salomón Azar. Éste impulsó a Carlos Sales, pero le impusieron a Antonio González Curi, quien a su vez hubiera preferido a Víctor Méndez Lanz, pero el que salió ganando fue Jorge Carlos Hurtado Valdez.
El contador Hurtado tenía detrás de él a los hermanos González Curi para que continuara “la familia” en el poder, pero finalmente el beneficiado fue Fernando Ortega, quien a su vez hubiera preferido a Raúl Pozos, pero el presidente Peña Nieto ordenó que fuera Alito Moreno.
La historia nos ha mostrado que Alito se salió con la suya al imponer a su sobrino Christian Castro Bello como candidato a gobernador, pero los ciudadanos evitaron que su sexenio se perpetuara y votaron por la oposición, mayoritariamente por Eliseo Fernández, aunque la alianza de Sansores con el PT y el PVEM le permitió obtener la mayoría de votos.
Ahora la señora Sansores pretende repetir la historia y por eso impulsa a su amiga Liz Hernández como su sucesora —eso de que el Seso Loco, su sobrino, puede ser gobernador es una grosera vacilada— y juega con las aspiraciones de Pablo Gutiérrez para ganar impunidad.
Falta ver si los campechanos están dispuestos a dar otra lección de rechazo a la continuidad y a la impunidad en el Gobierno. De ser así, ni con todo el presupuesto estatal, ni con las medidas de coacción que se implementen se puede garantizar que Layda Elena se salga con la suya.
El volado está en el aire, y será el voto ciudadano el que defina qué lado de la moneda se sacará la rifa del tigre.

