Opinión

OPINIÓN: RUSIA Y CHINA, POR LA RECETA DE LAS AREPAS – POR Francisco Javier Vázquez Burgos

#PintaRaya

“Estados Unidos quiere el petróleo de Venezuela”, repiten como consigna los anacrónicos defensores de una izquierda populista que aún intenta presentar al régimen de Nicolás Maduro como democrático. La realidad desmiente esa narrativa. Venezuela es hoy un país devastado: su población vive en condiciones de miseria extrema, con escasez crónica de alimentos, colapso de servicios básicos y una cancelación sistemática de derechos y libertades. Un Estado que opera bajo mecanismos de persecución política, donde disentir de las políticas públicas puede traducirse en cárcel, tortura o exilio. No es una exageración ideológica; es una condición documentada por organismos internacionales.

La tragedia venezolana no es un caso aislado. Es la consecuencia predecible de un modelo político que, bajo el discurso de justicia social y soberanía, destruye instituciones, anula contrapesos y concentra el poder. El mismo patrón que mantiene sometida a Cuba desde hace más de seis décadas y que amenaza con reproducirse en otros países donde el populismo ha servido de antesala al autoritarismo.

México no es ajeno a esta lógica. Aunque con ritmos y contextos distintos, hoy se observan señales preocupantes: descalificación sistemática del disenso, debilitamiento de organismos autónomos, militarización de funciones civiles y una narrativa oficial que divide al país entre leales y traidores. No se trata de afirmar que México sea Venezuela, sino de advertir que los mecanismos de concentración del poder y erosión institucional son similares cuando no existen frenos democráticos efectivos.

Frente a la consigna simplista de que “Estados Unidos va por el petróleo venezolano”, muchos venezolanos responden con una ironía tan amarga como precisa: si ese fuera el caso, entonces China y Rusia seguramente iban por la receta de las arepas.

Los datos ayudan a desmontar el mito. Actualmente, Venezuela produce entre 900 mil y 1.2 millones de barriles de crudo diarios, según cifras de la OPEP y agencias energéticas internacionales. Muy lejos de los más de tres millones de barriles que producía antes de la nacionalización ideológica y desastrosa de su industria petrolera. La variación en la producción no responde a coyunturas externas, sino al deterioro estructural de una planta productiva que sigue en declive.

Durante años, China absorbió hasta el 80 por ciento de esa producción, entre 600 y 700 mil barriles diarios. Pero no se trató de una relación comercial convencional. Pekín prestó a Venezuela alrededor de 67 mil millones de dólares, cobrados directamente en petróleo. Esos recursos nunca se tradujeron en bienestar social, inversión pública o mejora de condiciones de vida. Sirvieron para sostener al régimen, a su red de corrupción y a sus alianzas políticas. El interés chino fue claro: garantizar suministro energético estable para su aparato productivo, no rescatar a un país del colapso humanitario.

Rusia tuvo una participación menor en términos financieros —alrededor de 17 mil millones de dólares—, pero su objetivo fue distinto. Moscú no buscaba principalmente petróleo, sino posicionamiento geopolítico y presencia estratégica en el hemisferio occidental. De hecho, Rusia no compra grandes volúmenes de crudo venezolano; por el contrario, envía a Venezuela nafta, un insumo indispensable para refinar el pesado crudo local, en volúmenes cercanos a los 50 mil barriles diarios. El negocio ruso fue político y militar, no humanitario.

Estados Unidos, antes del deterioro total de las relaciones, adquiría entre 400 mil y 500 mil barriles diarios de crudo venezolano. Hoy esa cifra ronda los 150 mil. Cuba, en cambio, recibe entre 24 mil y 27 mil barriles diarios bajo condiciones escandalosamente preferenciales: créditos de largo plazo, intereses mínimos y amplios periodos de gracia. Y Paga con prestación de maestros, entrenadores y fuerzas de seguridad, elementos a los que explota, porque el Estado cubano se queda con la mayor parte de esos recursos. Ayudar no es el problema, el cinismo aparece cuando, mientras millones de dólares diarios se destinaban a sostener a la dictadura cubana, la población venezolana no tenía qué comer.

Por eso conviene decirlo con claridad: ni Rusia, ni China, ni Cuba, ni Irán estaban en Venezuela por solidaridad ideológica o por la “receta de las arepas”. Todos tenían intereses concretos y medibles. Reducir el conflicto venezolano a un supuesto saqueo estadounidense es una coartada política para justificar una dictadura.

Esto no implica idealizar a Estados Unidos. Su política exterior ha sido históricamente agresiva, sus relaciones comerciales suelen ser desiguales y enfrenta problemas estructurales serios, como niveles elevados de deuda y tensiones internas. Pero esos debates se vuelven secundarios cuando en Venezuela no había comida, cuando el disenso se castigaba con violencia institucional y cuando el poder se sostuvo con armas, dinero ilícito y alianzas criminales.

Hoy Venezuela tiene una oportunidad de recuperar condiciones mínimas de vida digna. No se le puede exigir a un pueblo desarmado que enfrente por la vía armada a un régimen sostenido por el aparato militar, el narcotráfico y el respaldo internacional de potencias autoritarias. La dignidad también consiste en sobrevivir.

No busquemos culpables de la ruina de Venezuela en el extranjero, el país no cayó por culpa de potencias extranjeras ni por conspiraciones, cayó cuando se normalizó la mentira, cuando se justificó el autoritarismo en nombre del pueblo y cuando el hambre fue utilizada como herramienta de control político. Esa es la lección que muchos prefieren ignorar.

Los países no se derrumban de un día para otro: se vacían lentamente de instituciones, de libertades y de verdad, mientras el poder se concentra y la propaganda sustituye a la realidad. Cuando eso ocurre, ya no importa quién compre el petróleo, porque lo único que queda por repartir es la miseria.

La doble moral, defienden a Maduro, pero no al pueblo

No sorprende que un grupo de juristas europeos invoque con solemnidad la Carta de la ONU cuando se trata de defender a un dictador. Lo verdaderamente escandaloso no es su apego formalista al derecho internacional, sino su silencio prolongado y cómplice frente a una de las peores tragedias humanitarias del continente americano.

Durante más de una década, millones de venezolanos murieron de hambre, de enfermedades curables, de falta de medicinas, expulsados de su país por un régimen criminal que destruyó la economía, persiguió a la oposición, encarceló, torturó y desapareció. ¿Dónde estaban entonces Baltasar Garzón, Victoria Rosell y Pérez Royo? ¿Dónde estaban sus manifiestos, sus cartas a la ONU, sus llamados urgentes al respeto de los derechos humanos?

Callaron.

Y ese silencio también es una forma de tomar partido.

Hoy levantan la voz no por el pueblo venezolano, sino por Nicolás Maduro, un personaje señalado por organismos internacionales —incluida la propia ONU— por crímenes de lesa humanidad. Defienden la “legalidad internacional” para proteger al victimario, pero jamás la invocaron para proteger a las víctimas.

Ese es el problema del derecho sin ética: se convierte en coartada. Un derecho usado selectivamente deja de ser justicia y se vuelve blindaje político. Hablan de soberanía, pero ignoraron deliberadamente que en Venezuela la soberanía fue secuestrada por una mafia que gobierna con armas, hambre y miedo.

La Carta de la ONU, tan citada ahora, no solo prohíbe el uso de la fuerza entre Estados; también consagra la dignidad humana, los derechos fundamentales y la obligación de los gobiernos de proteger a su población. Cuando un régimen mata de hambre a su pueblo, cuando expulsa a más de siete millones de personas, esa legalidad ya fue violada desde dentro.

Por eso, el alegato de estos juristas no es un acto de valentía intelectual, sino de cinismo histórico. No defendieron la ley cuando la ley podía salvar vidas; la defienden ahora cuando sirve para preservar a un tirano.

Si las normas internacionales solo se invocan para proteger al poder y nunca al pueblo, entonces no son justicia: son papel mojado. Y un derecho que llega tarde, selectivo y parcial no es derecho, es simulación.

Tendrán temor de que hable Maduro y señale a sus amistades en el gobierno español, creo que sí, y eso es temor de muchos gobiernos, pues varios recibieron dinero del narcøgobierno venezolano y patrocinaron campañas y engrosaron cuentas bancarias, incluyendo México.

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