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OPINIÓN: AMONÍACO VERDE: RENDICIÓN DISFRAZADA DE DESARROLLO |Por: Francisco Javier Vázquez Burgos

#PintaRaya

En Campeche no estamos viendo un proyecto de inversión. Estamos viendo una rendición.

Una rendición del poder político frente al capital extranjero. Una renuncia a defender el territorio.

Una aceptación silenciosa de que cualquier cosa —cualquier riesgo— es válida mientras llegue dinero.

El proyecto de amoníaco verde en Champotón, impulsado por la alemana Hy2gen y próximo a ejecutar por Mexion Corporation, una empresa de yucatecos, no es el problema de fondo.

El problema es la actitud del gobierno. Un gobierno que no defiende. La administración encabezada por Layda Sansores no está negociando. Está cediendo. La pregunta es a cambio de qué: ¿de desarrollo, de empleo o de contraprestaciones, muy comunes en esta administración?

No hay condiciones públicas claras, no hay exigencias visibles, no hay una sola postura firme que ponga por delante a Campeche; solo hay promoción, entusiasmo y alineación. No le dicen a los campechanos los riesgos. Como si gobernar fuera aplaudir inversiones, como si el papel del Estado fuera facilitar… y nunca cuestionar.

La diferencia con otros estados es evidente, notoria de aquí a la luna, y el contraste exhibe.

En Sinaloa, proyectos de amoníaco han provocado resistencia social, protestas, bloqueos, exigencias ambientales. La sociedad incomoda al poder.

En Campeche, no. Aquí el poder se adelanta a aplaudir antes de que la sociedad siquiera pueda cuestionar y hasta dan gracias al que los va a apuñalar con riesgos de contaminación.

Allá hay presión. Aquí hay silencio. Y ese silencio no es menor. Es político.

El factor que lo explica todo es la finanza: Campeche está económicamente contra la pared.

Y eso no es casualidad.

Después del declive de Petróleos Mexicanos, lejos de diversificar la economía, se profundizó la dependencia y se administró la inercia.

Hoy el resultado es evidente: negocios cerrando, empresas reduciendo personal, actividad económica debilitada. Incluso los comercios más sólidos no están resistiendo. La Honda en Carmen cerró sus puertas.

Las políticas económicas impulsadas desde Morena no han reactivado Campeche. Lo han dejado más expuesto. Y en ese escenario, cualquier inversión se vuelve salvavidas, aunque implique riesgos, aunque implique repetir errores.

Y es que llegaron con hambre de negocio insaciable las autoridades de Morena, y toda la poca obra que hay se entrega a los amigos, gente de fuera, y Campeche está sin empleo y sin derrama económica.

Champotón no es zona industrial

El problema es para Champotón: una planta riesgosa en un lugar pesquero. Este puerto no fue diseñado para esto. No vive del amoníaco, no depende de la industria pesada y no tiene por qué asumir riesgos químicos de alta escala.

El amoníaco es tóxico, se maneja bajo presión; una fuga no es un tema menor. Un accidente, como a los que cada rato ocurren en Pemex, y adiós a la pesca en este puerto. Consideren el clima, el salitre: todo puede pasar. Pero eso no le importa a Layda; los que sufrirán serán los pescadores campechanos y quienes viven en un radio cercano a donde se edificará la planta.

Pero incluso si todo sale “bien”, el impacto social es inevitable: población flotante, presión en vivienda, cambios en la dinámica local. Eso ya lo sufrimos, y la historia ya tiene nombre: Ciudad del Carmen.

Y no terminó bien. Prometieron empleo, crecimiento, desarrollo, y lo que quedó es una isla abandonada, con actividades económicas locales destrozadas: la pesca, la ganadería, por citar algunas.

El negocio real es para Alemania y para alguno que otro político; el desastre es para Champotón y Campeche. No nos engañemos: este proyecto no está diseñado para Campeche, está diseñado para Europa.

Allá obtendrán energía “limpia” y en Campeche asumirán el riesgo. Así funciona.

La pregunta que incomoda

¿Por qué un gobierno decide no incomodar a una empresa?

¿Por qué no endurece condiciones?

¿Por qué no eleva exigencias?

¿Por qué no se planta para proteger el ambiente y la economía?

Cuando un gobierno no actúa con firmeza en proyectos de este tamaño, la duda no es técnica. Es evidente que la política prevalece, las ambiciones de grupo, no el bien común.

Y es inevitable. Porque en México la historia es conocida: cuando el poder no defiende, alguien más está siendo protegido.

No es desarrollo, es repetición. Es volver a vender el mismo discurso que ya fracasó en Carmen.

Es confiar otra vez en que ahora sí será diferente. Campeche ya vivió ese espejismo. Y lo pagó caro.

Hoy, lo verdaderamente grave no es el proyecto. Es que nadie en el poder parece dispuesto a detenerse, cuestionar o defender. La sociedad no tiene idea de lo que le pasará. Ni la oposición se ha dado cuenta de este riesgo; están distraídos defendiéndose de los ataques de Morena, de los ataques a la democracia.

Eso no es gobernar. Eso es dejar pasar.

No se podía esperar algo bueno de Layda: la corrupción y la ineptitud son su sello.

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