Opinión

LAYDA SANSORES TENSA LA CUERDA | Por: Carlos Zúñiga | El Heraldo de México

El gobierno de Layda Sansores dejó de ser un problema local para convertirse en una advertencia política mayor. Lo que ocurre en Campeche no es un conflicto coyuntural, sino la evidencia de un ejercicio del poder que se sostiene en la confrontación, la lealtad forzada y el desgaste interno de Morena rumbo a 2027.

La crisis no proviene de la oposición, sino del propio partido gobernante. Legisladores morenistas rompieron con la gobernadora y denunciaron presiones e intimidación, al punto de reinstalar el fuero constitucional como mecanismo de defensa. Cuando un partido en el poder necesita protegerse de sí mismo, el problema ya no es político: es estructural.

Ese deterioro interno se trasladó al terreno de la libertad de expresión. Organizaciones como Artículo 19 documentaron un entorno hostil contra periodistas y medios críticos, marcado por procesos judiciales utilizados como formas de censura indirecta. No fue el origen del conflicto, pero sí el detonante que colocó al gobierno de Campeche bajo escrutinio nacional y exhibió los costos de un poder que no tolera la crítica.

La fractura escaló al ámbito federal. En el Senado se consumó la remoción de Romeo Ruiz Armenta, entonces embajador en Guatemala y pareja sentimental de la gobernadora, una decisión que evidenció que las tensiones internas de Morena ya alcanzan posiciones estratégicas del Estado y no pueden seguir tratándose como disputas locales.

A este escenario se suma un clima de fuego amigo permanente: disputas anticipadas por candidaturas, reacomodos internos y desmarques calculados que responden a una lógica de traiciones preventivas. Campeche no es una excepción, sino uno de los primeros territorios donde estas fracturas se hicieron visibles.

El desgaste ya tiene consecuencias electorales. Encuestas recientes muestran una caída acelerada de la ventaja de Morena en el estado: de 18.8 puntos porcentuales a apenas 8.3, mientras Movimiento Ciudadano comienza a consolidarse como competidor real. El deterioro dejó de ser retórico y empezó a reflejarse en cifras.

Campeche se convirtió así en un caso ejemplar de lo que ocurre cuando el exceso de poder y la intolerancia al disenso sustituyen al diálogo. El problema para Morena es que este desgaste ya no es reversible con discurso. Genera rupturas internas, acelera la descomposición partidista y reduce el respaldo social.

Layda Sansores es sintomática de un legado obradorista que aún se resiste a borrarse del panorama político inmediato: una herencia donde la lealtad se impone a la capacidad y que se ha convertido en un lastre, incapaz de gobernar y de ofrecer resultados.

Campeche es la muestra perfecta de esos pequeños virreinatos de los que Morena se mofaba cuando era oposición y que hoy son la prueba de que no buscaban llegar al poder para transformar, sino para ser ellos quienes gozaran de las mieles de la impunidad y de la plenitud del poder. 2027 será la prueba para saber hasta qué punto el electorado estará dispuesto a castigarlos, porque a fuerza de escándalos como el de Campeche, el tablero electoral puede volcarse en su contra.

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