Opinión

LAYDA SANSORES SE ASUME DICTADORA DE CAMPECHE Y ASÍ ACTÚA. Y TODO LO HA HECHO CON EL AVAL DEL CONGRESO Y DEL PODER JUDICIAL LOCALES | Por: Carlos Loret de Mola | El Universal

La escena es de dictadura bananera. La hermana de la gobernadora desciende de una escalinata adornada con velas, vestido color guinda-Morena, cantando su Informe de gobierno. “Hoy el DIF te va a mover, el Informe es cantando, ayyyyyy”, canta con la melodía Canta Corazón, de Alejandro Fernández. La hermana de la gobernadora de Campeche es la directora del DIF y como es desafinada, cuatro cantantes profesionales vestidos completamente de negro —dos hombres y dos mujeres, por la equidad— la rodean para apoyarla en la entonación. El espectáculo va más allá de lo patético.

La audiencia la conforman funcionarios que aplauden como comparsa. Autoridades militares y navales, diputados federales, presidentes municipales, magistrados y funcionarios municipales, estatales y federales. En primera fila, la gobernadora morenista Layda Sansores está sentada en medio de dos jóvenes políticos que llevan el ritmo con las palmas: Pedro Alcudia Vázquez, titular del Poder Judicial, y Antonio Jiménez, presidente del Congreso. Así la “división de Poderes” en tiempos de la 4T.

La historia de cómo Alcudia se convirtió en líder del Poder Judicial en Campeche es un botón de muestra. Sucedió la última semana de septiembre del año pasado: el jueves 25 Alcudia era el consejero Jurídico de la gobernadora, el viernes 26 se murió el presidente del Tribunal Superior de Justicia de Campeche, el domingo 28 una opaca comisión del Congreso convirtió a Alcudia en magistrado y el lunes 29 lo nombraron nuevo presidente del Tribunal Superior de Justicia del Estado. Todo, en medio de acusaciones de violencia de género de grupos feministas que se manifestaron y que fueron reprimidas por la gobernadora con A.

El que operó esa chicanada en el Congreso de Campeche fue el morenista Antonio Jiménez.

La ascensión de Antonio Jiménez tiene también un aroma de escándalo. El hasta hace unos días presidente del Congreso, Antonio Jiménez, llegó al obradorato surgido de las filas del movimiento Yo Soy 132. Él era uno de los representantes de la Universidad La Salle.

Escondía su fervor por López Obrador disfrazándose de estudiante ciudadano preocupado. Así que se engarzó rápido con Epigmenio Ibarra, el millonariamente consentido propagandista de la 4T. Participó en esta suerte de medio de comunicación llamado Revolución 3.0, uno de los brazos propagandísticos creados por Epigmenio para apuntalar los intereses políticos de AMLO y que se volvió famoso cuando los reporteros que ahí trabajaban denunciaron que no les pagaban porque todo el dinero se lo quedaban los operadores políticos de Morena. Desde ahí se vinculó con los españoles de Podemos a través de la agencia Neurona, estrategas de comunicación de candidatos de Morena, financiados por abajo del agua con el cash que conseguía Epigmenio. Así llegó a la campaña de Layda, y se volvió hombre de todas sus confianzas.

De Layda Sansores se ha dicho prácticamente todo. Las escenas de culto a la personalidad son moneda corriente. Quizá el menor de los males. El manejo turbio del presupuesto, el endeudamiento del estado, la censura a periodistas, los abusos de poder, la persecución incluso judicial contra opositores y críticos. Layda Sansores se asume dictadora de Campeche y así actúa de forma y de fondo. Y todo lo ha hecho con el aval del Congreso y del Poder Judicial locales.

Hace casi tres meses, Sheinbaum visitó Campeche, le trataron de dar un expediente y ahí algo se empezó a romper entre Layda y Jiménez. No hay a quién irle. Indefendibles.

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