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OPINIÓN: MARCELA MUÑOZ TIENE GUARURAS EN LA CIUDAD DE MÉXICO… Y CAMPECHE PAGA LA CUENTA. POR: ENRIQUE ARELLANO

En Campeche, la palabra “austeridad” se repite como mantra. Se pronuncia en discursos, se imprime en lonas y se presume en redes. Pero basta rascar un poco para que el barniz se caiga y aparezca el contraste que más duele: el de los privilegios de unos cuantos frente a las incomodidades de la mayoría.

Fuentes del área administrativa de la Secretaría de Protección y Seguridad Ciudadana refieren que Marcela Muñoz Martínez cuenta con seis guaruras, tanto en su departamento como en su casa, ambos ubicados en la colonia Condesa de la Ciudad de México. No solo eso: también, según estas mismas fuentes, se desplaza en camioneta blindada cuando se encuentra en la capital del país.

Hasta aquí, alguien podría decir: “bueno, quizá es necesario”. El problema empieza cuando esas mismas fuentes señalan que los viáticos y las comidas de los guaruras se pagan con cargo al presupuesto de la Secretaría de Seguridad. Es decir, con dinero público. Con el dinero de los campechanos.

Y aquí es donde el contraste se vuelve insultante.

Mientras algunos se mueven entre blindajes, escoltas y colonias exclusivas de la CDMX, el campechano de a pie -ese que votó por Morena esperando un cambio- es obligado a hacer filas eternas para comprar la tarjeta del camión Ko’ox. Filas bajo el sol, filas con desinformación, filas que parecen castigo más que servicio público. Todo en nombre de la modernización y el orden.

¿La seguridad es solo prioridad cuando se trata de funcionarios y no cuando se trata de ciudadanos?

Esta no es solo una discusión administrativa, es una cuestión ética. Porque la incongruencia también gobierna cuando se predica austeridad y se practica el privilegio. Y porque la paciencia del pueblo no es blindada: se desgasta con cada fila, con cada camión que no pasa, con cada noticia que confirma que el cambio prometido, para muchos, sigue sin llegar.

Al final, el mensaje que queda es claro -y amargo-: hay quienes viajan protegidos por el erario, y hay quienes esperan de pie pagando las decisiones de otros.

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