Oscar 2017: la gran equivocación de Warren Beatty y el Oscar a ‘Moonlight’

Dicen que la primera ceremonia de los Oscar, concebida en 1929 como una cena privada en el hotel Roosevelt, duró apenas quince minutos. Un contraste perfecto con lo que es ahora la gala de premios de una industria millonaria, la del cine, convertida en un gigantesco show televisivo en el que se juegan 500 millones de dólares en promoción y publicidad (pese a una audiencia televisiva, por cierto, decreciente) además de un sustancioso incremento a los ingresos en taquilla para las ganadoras.

Nada hacía presagiar el lío formado por Warren Beatty, que junto a Faye Dunaway subió al escenario para dar el premio a la mejor película… y leyó La La Land cuando el ganador era Moonlight. Al actor le dieron un sobre repetido con la candidatura de Emma Stone y leyó La La Land… hasta que fue corregido por los custodios de la tarjeta cuando los responsables del musical ya estaban tras el micrófono. Un desastre que parecía una broma pero no lo fue.

La de 2017, la número 89, no ha durado precisamente un cuarto de hora, por mucho que los más de 240 minutos de mayúsculo show televisivo no hayan sido peores –ni mejores- que otros selfies recientes de la industria, salvo por el In Memoriam más abrumador que un servidor recuerda (y en el que no se pudo incluir a Bill Paxton, pero fue mencionado por la presentadora Jennifer Aniston) y un descubrimiento, al menos para el espectador internacional, en forma de un presentador más que competente.

Ni mejor ni peor… salvo por Jimmy Kimmel, que apenas cobró 14.000 euros por la gala y cuya labor sí fue superior a la de casi todos los presentadores de la década. Apenas uno de los anteriores, el infalible Hugh Jackman, (2009), pudo igualar la altura de Crystal, todavía hoy el mejor conductor de una gala que necesita desengrasar con humor y movimiento la cadencia de sus 24 premios principales. Encaraba una tarea difícil en la que pocos, muy pocos, han triunfado (¿alguien se acuerda del desastre de James Franco y Anne Hathaway o la olvidable labor de Neil Patrick Harris y Chris Rock?) pero consiguió sobreponerse a todos ellos sin perder el sabor de su Late Night de la ABC.

Kimmel no cantó ni bailó (el encargado de hacerlo fue Justin Timberlake, que de paso nos quitó de en medio la canción de Trolls) pero es muy bueno con el humor y a ello se dedicó con ahínco. Su monólogo, en el que repartió bofetadas a Matt Damon (con el que mantiene una ficticia pero enconada enemistad) fue excelente y pese a no tener un carácter marcadamente político, sí que fue sutil en todas sus pullas. Y les adelantamos que fueron abundantes. Su enhorabuena a Meryl Streep por una carrera de “mediocres interpretaciones como Memorias de África o Kramer contra Kramer” (en referencia a las palabras de Trump sobre la actriz); la referencia a la loncha de mortadela de O.J. Simpson (acompañada de una risotada de Mel Gibson, debajo suyo) y, sobre todo sus ocurrencias (muchas muy sencillas, como tuitear en directo al presidente de Estados Unidos, pero una de ellas verdaderamente magistral: Kimmel desvió un autobús turístico y metió a los visitantes en el Dolby Theatre) fueron lo mejor de la noche. Kimmel consiguió que el mundo entero se preguntase qué diablos pasa entre él y Matt Damon… algo a lo que hay que retrotraerse a casi una década atrás y su famoso “I’m fucking Matt Damon”.

My opening monologue from the 89th #Oscars@TheAcademy@ABCNetwork pic.twitter.com/rXNU8aZfcd

— Jimmy Kimmel (@jimmykimmel) 27 de febrero de 2017

Lo que sí fue la gala 89 de los Oscar es previsible. La La Land, aupada como la película con más nominaciones junto a Eva al desnudo (1950) y Titanic (1997) arrasó, pero no del todo, con 7 premios (de 14 nominaciones) tras llevarse todo lo que pudo en los Globos de Oro y la mayoría de los premios de los sindicatos. ¿Recuerdan pasados años, cuando El Renacido y Spotlight (2016); y 12 años de esclavitud y Argo (2015) se repartieron los galardones? Bien, este año no iba a ser así pese a un equitativo reparto en el que Hasta el último hombre, de Mel Gibson, se llevó dos preseas, o Viola Davis, por Fences, la suya y muy merecida a la mejor secundaria. A no ser que un filme independiente presupuestado en 1,5 millones de dólares y de tema social, Moonlight, diera la campanada, nada podía rozar al musical de Chazelle.

La La Land era la favorita, en efecto, pero también el gran enemigo a batir del resto y, por tanto, tampoco una victoria cantada. Su triunfo tardó en llegar, más de media gala hasta que llegó el premio al diseño de producción. Al fin y al cabo Moonlight, la segunda a bordo del barco, venía de hacer pleno en los Independent Spirit (sí, esos premios que tienen lugar en una playa…) apenas 24 horas antes de la gala. ¿Y qué decir de otros títulos como Manchester frente al mar? El drama de Kenneth Lonergan tenía asegurado un triunfo parcial gracias a Casey Affleck y el guión, como finalmente ocurrió. Todo bien repartido, como ven, pero con un ganador claro.

La película de Damien Chazelle, aupado como el director más joven en ganar el Oscar, con 32 años, era la opción más razonable (y la más taquillera: 343 millones de dólares contra los 21 acreditados de Moonlight) y por tanto fue la que se impuso, si bien lejos sus siete Oscar andan lejos del récord de los once de Ben Hur (1959), Titanic (1997) y El Retorno del Rey (2003).

Pero ahora hablemos de política. Porque la gala en la que triunfó La La Land no fue la del homenaje al musical clásico ni la del lavado de imagen frente a la incombustible etiqueta #OscarsSoWhite creada de April Reign, que este año pasado llevó a una importante modificación de las reglas de la Academia. Fue la del gigantesco “no” a un presidente, Donald Trump, que mantiene ahora su particular pulso con la industria (y con todo el mundo) a un ritmo sincopado de 140 caracteres por minuto. El presidente llevaba siete horas sin tuitear, pero no esperen que el asunto se quede sin comentarios.

Pese a que los productores de la gala, Michael De Luca y Jennifer Todd, no alteraron la estructura de la gala, todavía quedaban los cuarenta segundos disponibles para los agradecimientos de los ganadores… donde sin duda se volcó el inconformismo acumulado de presentadores como Gael García Bernal, mexicano, o el “speech” en nombre de Asghar Farhadi, ausente por el veto de Trump a varios países considerados enemigos (segundo Oscar para el iraní por El viajante, sin duda impulsado por esa renuncia). Una gala con política, pero llevada con elegancia y, sobre todo, sentido del espectáculo y diversión.

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