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El hombre que desenterraba niñas y las convertía en muñecas

Los motivos que argumentó para llevar a cabo tal práctica fueron sus creencias sobre la posibilidad de revivirlas con magia negra.

Ninguno de los conocidos de Anatoly Moskvin podría afirmar que se trataba de un sujeto común: era reconocido desde su carrera universitaria como un fuera de serie, capaz de memorizar los datos históricos menos significativos, recordar biografías casi de memoria y presumir con orgullo una portentosa biblioteca de más de 60 mil ejemplares que ocupaba un par de habitaciones en su casa.

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 Además de dominar el ruso, alemán, español, japonés y latín, el historiador y lingüista experimentaba cierta debilidad por la cultura celta. Rituales, ocultismo y muerte dentro del folklore de la cultura que se diseminó por Europa en la Edad Antigua eran el tema de estudio favorito de Moskvin, que rápidamente se convirtió en una autoridad para sus compañeros y profesores tras su paso por la Universidad Estatal de Moscú.

De carácter introvertido pero abierto con quienes consideraba dignos de su confianza, Moskvin siempre fue ubicado como un tipo común y aburrido en sus años universitarios. Frecuentaba reuniones ocasionales, pero nunca bebía, ni siquiera fumaba un cigarrillo de tabaco y aseguraba a sus conocidos que se mantenía virgen. Su primer empleo consistió en traducir textos en el Instituto de Lenguas Extranjeras de la universidad y más tarde, decidió iniciar su carrera como periodista freelance, trabajando para revistas y diarios de circulación nacional y regional en Nizhny Novgorod, la quinta ciudad más grande de Rusia.

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En 2005, Moskvin inició de la mano de un reconocido profesor llamado Oleg Riabov, una investigación sobre las causas de muerte mayoritarias en los cementerios de la región. Durante su gran empresa, Moskvin recorrió más de 752 cementerios almacenando todo tipo de datos, guardando nombres y causas de muerte entre sus apuntes. El historiador pasaba noches enteras despierto entre tumbas y recorriendo callejones aledaños, razón suficiente para que la policía empezara a seguir sus pasos sin encontrar nada extraño.

Seis años después, la familia de Moskvin visitó el hogar del hombre solitario y se percató de que algo no marchaba bien. Además de la prisa de Anatoly y el cuidado bajo llave de un par de habitaciones, un olor fétido se colaba por las noches entre ruidos y movimiento que no paraba hasta el amanecer.

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Después de presentar una denuncia a las autoridades, que reabrieron el archivo de investigación sobre Moskvin de 2005, una coincidencia improbable parecía ser el nexo que unía ambos casos: desde hace un par de meses decenas de cadáveres habían sido desenterrados de los panteones municipales sin razón alguna. El modus operandi en todos los casos era el mismo: robar cadáveres del sexo femenino, desde las más pequeñas hasta los 13 años de edad, recientemente enterrados.

Todo apuntaba a Moskvin y el 2 de noviembre de 2011, finalmente la policía irrumpió en su vivienda, llevándose una sorpresa aún mayor de lo que esperaba: decenas de muñecas de distintos tamaños lucían vestidos de fiesta y perfectamente maquilladas se acompañaban en la sala entre sillones, sillas y el comedor. En otra habitación acondicionada como un taller, cuerpos desnudos eran preparados para formar parte de la reunión que se llevaba a cabo en la sala.

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Al acercarse, los policías confirmaron lo peor. Se trataba de los cuerpos de jóvenes sustraídos de los cementerios, momificados y vestidos para la ocasión. Prendas de niña, encaje, vestidos de novia y otros más pequeños ocupaban buena parte de los pasillos de la casa, mientras en la computadora un manual propio para convertir los cuerpos en muñecas aparecía en pantalla.

Moskvin fue inmediatamente detenido y después de pasar por exámenes psicológicos, se determinó que no era apto para llevar el proceso judicial y se ordenó su encierro en una clínica psiquiátrica. Entre los archivos encontrados en la computadora y las declaraciones de Moskvin, se comprobó que sus conocimientos de la cultura celta influyeron poderosamente en la tenebrosa práctica que desarrolló durante al menos diez años. En estudios forenses se determinó que el historiador no cometió abuso sexual contra ninguna de sus muñecas y él mismo reveló que las cuidaba como si estuvieran vivas, sentándolas a comer, viendo la televisión con ellas y platicando sobre su día a día.

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Los motivos que argumentó para llevar a cabo tal práctica fueron sus creencias sobre la posibilidad de revivirlas con magia negra o algún tipo de hechicería antigua. Según Moskvin, los cuerpos inertes le pedían ayuda para salir de su entierro y volver al mundo de los vivos.

Fuente: Culturacolectiva.

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